martes, 26 de abril de 2011

Desapareció un lindo gatito

"El gato desaparece"
de Carlos Sorín
con Luis Luque, Beatriz Spelzini, Maria Abadi y Norma Argentina

Carlos Sorín es uno de los cineastas argentinos que ha logrado mantenerse a través del tiempo y redefinir su carrera a la medida de las circunstancias. Sorprendió más que gratamente con "La película del rey", pero más aún con "Historias Mínimas" en donde comenzó a manejar historias pequeñas, de gente común, logrando gran empatía con el público y con un registro narrativo diferente al convocar para sus roles protagónicos a no-actores como lo hizo con "El perro" o en "El camino de San Diego"  e incluso en "La Ventana" aunque sin lograr el impacto de la primera de la serie, que fue la mencionada "Historias Mínimas".

Con "El gato desaparece" da otro golpe de timón en su carrera y se juega por una película de género, con todo lo bueno y todo lo malo que ello implica.

Como puntos a favor, apelar a un film de género -y sobre todo de suspenso- hace que el público ya tenga a priori una empatía con el tipo de historia que se va a presentar, se puede trabajar sobre seguro y los mismos mecanismos y resortes que le son propios al género, hace que el film ya tenga una estructura a respetar y ciertos parámetros con los cuales el éxito de la tarea, queda casi asegurado.

Pero, por el otro lado, cada género tiene sus convenciones, sus reglas, sus esquemas y no dar en la tecla con alguno de ellos, claramente desentona mucho más que cualquier falla en una película que no responda a una estructura tan prearmada.

Sorín en este caso nos presenta la historia de Luis (Luis Luque), un profesor universitario que luego de una temporada internado en una clínica psiquiátrica por un violento episodio que tuvo con uno de sus colaboradores, es finalmente dado de alta cuando la evaluación médica cree que ya es momento de que retome su vida personal y profesional. Su mujer, Beatriz (Beatriz Spelzini) no se siente tan segura con esta vuelta al hogar.
Por un lado era un momento muy ansiado para ella, que le permitiría recomponer el vínculo con su esposo, pero por otro lado, este retorno la llena de inseguridades, porque en todo momento duda de que realmente Luis se encuentre recuperado. Teme que en cualquier momento otro nuevo brote aparezca y son justamente ciertas actitudes que Luis va presentando desde el regreso a casa, las que la hacen dudar más aún y la sumergen en la incertidumbre.

Su último punto de apoyo, Donatello -su gato negro  y mascota de la casa-, también está "raro": no solamente ataca a Luis apenas llega, sino que de forma extraña e inesperada, desaparece por completo, situación que la desestabiliza a Beatriz aún más. 

La estructura del relato es como espasmódica y si bien mantiene mínimamente el interés, Sorín no logra hilvanar elementos que jueguen como piezas del rompecabezas para hacer crecer el suspenso, sino por el contrario, se demora en situaciones que suman al crecimiento dramático de la historia. Cuenta, por suerte, con una enorme actriz como Beatriz Spelzini que sostiene el peso general de la historia aún cuando el guión le hace hacer algo fuera de lugar.
Luis Luque también acierta en su composición dejando siempre un halo de confusión sobre su situación psíquica que ayuda a sostener el enigma, el clima que la historia necesita.

Sin embargo, el tono heterogéneo del  elenco (el registro con que la hija de la pareja -Maria Abadi- se dirige a su madre, desentona por completo con la manera en que el resto del elenco habla) y sobre todo algunas situaciones o diálogos impuestos por el guión en forma muy poco creible (incluso los vecinos se dirigen a Luis como "el profesor" algo que suena como fuera de época o fuera de lugar, encuentros para charlar dentro de un auto en el estacionamiento de un shopping cuando podrían hacerlo normalmente en un café, médicos que recetan psicofármacos al aire libre o la escena en donde Beatriz sale corriendo descalza hasta la casa de la hija en una noche de desesperación y el recibimiento de la hija no concuerda en absoluto con el tono de la escena) atentan contra la fuerza del relato.

Sobre el final, la vuelta de tuerca y el momento inesperado aparecen y pareciera que Sorin sólo ha demorado el relato sabiendo que tenía un final que valía la pena y que está muy bien contado, sobre todo cuando en los últimos tramos, por ciertos guiños estábamos esperando una cosa completamente diferente. Pero un buen final y un par de excelentes actuaciones, no conforman por sí solas una buena película.

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