sábado, 7 de agosto de 2010

Miller: con la contundente vigencia de un "clásico"

"Todos eran mis hijos"
de Arthur Miller
dirección de Claudio Tolcachir
con Lito Cruz, Ana María Picchio, Esteban Meloni, Vansa Gonzalez y Federico D'Elia

Joe y Kate Keller perdieron a su hijo mayor durante la guerra. Tres años más tarde, Kate no pierde las esperanzas de que aún se encuentre con vida. Mientras tanto, Chris, el hijo menor de los Keller se ha enamorado de Ann, quien fuera novia de su hermano y la invita a su casa para contarle a los padres de su proyecto de casarse con ella.

Con la impiadosa mirada de Miller (de quien en Buenos Aires se han disfrutado obras como "Cristales Rotos" "El último Yankee" "Las brujas de Salem" o "La muerte de un viajante" y de quien se encuentra en cartel la interesantísima "El descenso del monte Morgan" Comentario Aquí) el drama familiar se complejiza y atraviesa varios estadíos: el dilema moral alcanza irreductiblemente a cada uno de los personajes.

Bajo las mentiras y secretos familiares, cada uno de los personajes se moverá con una moral casi propia: cada uno de ellos tiene los motivos suficientes para actuar de la forma que actúa y justamente por eso, ellos sienten que actúan en buena ley. Sin embargo, saben y esconden, se atraen o repliegan, se ayudan  o se dañan según su propia conveniencia, como jugando con cartas marcadas.

El padre de esta familia, es un ejemplo absoluto de la doble moral (tal como el protagonista de "El descenso del Monte Morgan"): se ha salvado de terminar en la cárcel por un proceso judicial donde no tuvo ningún reparo en endilgar culpas a su mano derecha, vecino y amigo -justamente además, el padre de Ann, la prometida de su hijo-.
La madre, fundamental manipuladora de los hilos familiares (con visos de la esposa en "La muerte de un viajante"), actúa frente al mundo una victimización que no es tal. Ella tiene como objetivo no perder sus propias seguridades y no dejar caer "su sueño americano". Lo hará cueste lo que cueste.
Y entre estas dos potencias, se mueve ingenuamente Chris, el hijo menor, confiando en que sus padres no pueden hacer ni hacerle daño.

Miller entreteje tan sabiamente el planteo del "salvese quien pueda" con que se manejan los Keller con otros temas como el amor y desamor familiar, el "qué dirán" como reflejo de una mirada de aprobación / desaprobación social, la culpa, la guerra, la espera de algo que no sucede y por lo que se suspenden decisiones, imprimiendo sobre todos ellos el marco de una familia/barrio/ciudad/sociedad donde se maneja el ocultamientos, la mentira, la apariencia y el engaño.

Aunque la obra fue escrita en 1947 y habla claramente de la mezquindad y las miserias en tiempos de guerra, del dolor y las fracturas que sufrió este pueblo, deja en cada uno de nosotros un fuerte eco de un tiempo de dictadura doloroso que ha atravesado nuestro país (en la pieza se habla del hijo que ha desaparecido, la madre que reclama y espera un cuerpo, de los vecinos que hablan por atrás mientras saben lo que está pasando y de los fácilmente que el pueblo ha olvidado a sus muertos y sigue con su vida cotidiana sin que la guerra y esas muertes parezcan importantes).


El trabajo de Lito Cruz y Ana María Picchio como la pareja Keller es ajustado y convincente (mucho más ella en el papel de la madre que Cruz en el papel pater familia, donde tiene momentos en que parece no encontrar el tono acertado) es Esteban Meloni quien logra un tour de force admirable en el papel de este hijo dividido entre su pasado familiar y su ganas de constriuir su propio futuro.
Un personaje que cuando aparezca la verdad será el más lastimado, por lo que transita por varios estados anímicos (la culpa de estar enamorado de la novia de su hermano, el peso del negocio familiar, mientras tiene una fuerte necesidad de que la verdad familiar escondida salga a la luz). Se encuentra escoltado por Vanesa Gonzalez (Ann) en otro trabajo fuerte de la protagonista de "El diario de Anna Frank" y  por Federico D'Elia, quien se luce como el hermano de Ann, en un papel pequeño pero que es el desencadenante de que la verdad comience a revelarse.
Todos ellos en un nuevo trabajo de Claudio Tolcachir, quien realizó una excelente adaptación de la obra y se reafirma no sólo en su gran manejo de actores sino también en la elección de los rubros técnicos (un exquisito diseño de vestuario y una funcional escenografía que ayudan a la excelencia de la puesta). 

Sobre el final, Ann muestra una carta que lanza un rayo de verdad sobre todos los personajes.
Una vez leída, ninguno de ellos podrá seguir inocentemente su juego. Y nosotros como espectadores, tampoco. Hemos quedado una vez más expuestos  y hechizados por la mano maestra de Miller que nos ha sacudido emocionalmente con una dosis de buen teatro.

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